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Carol Polsgrove on Writers' Lives

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Publicar en Costa Rica

¿Cómo escribir libros en un país en el que la gente no lee?

Durante una visita reciente a Costa Rica, estando sentada en una estación de bus en San José, me di cuenta de que yo era la única que estaba leyendo entre toda la gente en la estación. Ésta fue mi segunda visita a Costa Rica, y durante todo el mes que estuve allí, solo vi otras dos personas leyendo – una, la anfitriona de la casa donde me quedaba, quien leía el periódico que llegaba a su casa cada mañana; la otra, mi joven profesora, que un día llevó una novela a nuestra clase de español para leer durante su descanso. Posteriormente, en mi siguiente viaje, vi a un tercer lector – un muchacho que leía un libro en un restaurante.

University of Costa Rica

Es sabido que Costa Rica tiene una población educada y un alto índice de alfabetización, por lo tanto me sorprendió que tan pocas personas parecieran ser lectores. Mi curiosidad me llevó a introducir el tema en las conversaciones. Toda la gente con quién hablé – una muestra sin rigor científico que incluyó un editor, algunas escritoras y profesoras, y un oficial de una asociación de periodistas – estaban de acuerdo: mayormente, los costarricenses no son lectores.  Miran la televisión. Leen los correos electrónicos y visitan el Facebook. Juegan a los  videojuegos. No leen. ¿Si esto es verdad, cómo ocurrió?

Una profesora de la escuela donde estudiaba español dijo que el problema comienza en las escuelas, donde usualmente los estudiantes leen clásicos como Don Quixote, y ellos no sienten una conexión entre estos textos y sus vidas. La escritora Anacristina Rossi me dijo que cuando su novela medioambiental La Loca de Gandoca fue publicada, una profesora la asignó a sus estudiantes e invitó a Rossi a visitar la clase. Cuando Rossi llegó, oyó una discusión entre una muchacha y un muchacho: “Ella está muerta. Ella está viva. Ella está muerta. Todos los escritores que leemos están muertos. Ella no puede estar viva.” Por lo tanto, dijo Rossi, ellos concluyen que “la literatura es algo muerto.”

Los libros que en la mayoría de los casos los estudiantes van a leer en la escuela aparecen en una lista creada por el Ministerio de Educación después de un complicado proceso de evaluación. Esta lista desempeña un papel significante a la hora de determinar que libros están disponibles en las librerías.

Anacristina Rossi

Por ejemplo, no tuve dificultad en encontrar un ejemplar de La Loca de Gandoca en la primera librería de San Isidro de El General, una pequeña ciudad en un vallé en las montañas al sur de San José. De hecho aquél libro se puso en la lista de educación y quedó allí por muchos años. Aunque recientemente se ha eliminado, su presencia  en la lista por tanto tiempo en el pasado ha asegurado su continua presencia en las librerías hasta hoy día. Sin embargo, no pude hallar ningún ejemplar de las novelas nuevas de Rossi en aquella librería, ni en la de la vecindad de la Universidad Nacional en Heredia, una ciudad cerca de San Jose. Para hallar Límon Blues y Límon Reggae de Rossi, tuve que ir a las librerías más grandes en el centro de San José.

¿Entonces – me pregunté – cómo obtiene libros la gente que quisiera leer? Una escritora en San Isidro, donde yo estudiaba español, me dijo que ella va en bus a San José de vez en cuando y regresa con bolsas de libros, nuevos y usados. Incluso cuando los libros están disponibles en las librerías, en un país donde el impuesto per capita es menos que una quinta parte del impuesto per cápita en los Estados Unidos, para muchos lectores el coste es prohibitivo.

Como alternativa, los lectores pueden ir a la biblioteca pública, pero ésa, , probablemente, tampoco va a proveer un amplio surtido de libros. Después de varias visitas a la biblioteca pública en San Isidro, una ciudad de 45,000, descubrí que lo que yo creía ser la sección de reserva – unos pocos estantes detrás del escritorio de delante – era de hecho la colección entera. Había dos salas separadas para los niños, pero muchos de los libros eran libros de Walt Disney y la mayoría eran para niños muy jóvenes.

Cuando hablé con la escritora Rossi sobre la escasez de libros en esa biblioteca, dijo, “El sistema de bibliotecas es un desastre porque los libros no son considerados importantes. Esto comenzó en el segundo gobierno de Óscar Arias cuando la literatura empezó a ser peligrosa.” Ella ve la disminución en el énfasis de leer en las escuelas de esta misma manera. “Ellos no quieren que la gente lea.  No quieren que la gente piense. Por eso ellos les pagan a los profesores muy poco y no les pagan por preparar sus clases porque todo lo que ellos quieren tener son trabajadores que puedan ser manipulados y que se ajusten a cualquier salario. No me gustan las teorías de conspiraciones, pero puede hacerse a la idea.

“Por eso la gente no lee. Cuando yo estaba en la escuela, leímos. Eso fue hace 48 años. Leímos en escuela. Y aún leen la mayoría de mis compañeros de clase. Y la gente en las escuelas públicas también leyeron. Fui a una escuela privada, pero tuve muchos amigos en el sistema público y leían mucho. Y eso se ha terminado.”

Felipe Vaquerano Pineda

En lo que Rossi considera que es una nueva Costa Rica que no lee, imagine el reto de las editoriales. El editor de Rossi, Felipe Vaquerano Pineda, director de la Editorial Legado, se sentó conmigo una tarde en una cafetería abarrotada de la Universidad de Costa Rica para hablar de su vida publicando en un país con solo 4 millón personas, de las cuales la mayoría no son lectores de libros. Claro, sería útil para él si el mercado para libros Costarricenses pudiera ampliarse fuera de Costa Rica. Por eso, la Editorial Legado ha iniciado una librería de internet para vender sus libros propios además de libros de otras editoriales en Centroamérica, con la esperanza, él dijo, de distribuir “toda la producción Centroamericana hacía cada parte del mundo.” Hasta ahora, el tráfico en el sitio de web en la Librería Legado no es alto porque los costarricenses no se acostumbran a comprar los libros de ese modo y porque el coste del envío lo encarece un poco. Pero poco a poco Vaquerano Pineda está recibiendo algunos pedidos de países fuera de Costa Rica.

Ante la realidad de lo que ya es un mercado muy limitado, Vaquerano Pineda toma la precaución de publicar solo los libros de autores que tienen por lo menos una obra en la lista del Ministerio de Educación – o son “muy buenos” de acuerdo con  los requisitos de su padre, Sebastian Vaquerano López, que fundó la compañía. También la Editorial Legado limita las copias en cada edición a un número modesto – 15,000 en el caso de un libro para niños que ha tenido gran éxito, mientras que menos de 1,000 copias de una nueva novela como  Limon Reggae de Rossi pueden ser vendidas en su primer año. ¿Qué sucede con los autores quiénes no son famosos y no tienen libros en la lista del Ministerio de Educación? Hay editoriales que publican autores nuevos, él dijo — editoriales como Ediciones Lanzallamas, una nueva compañía que en su sitio de web expresa la esperanza de publicar escritores de todo el mundo hispanohablante.

“Hay muchas, muchas editoriales pequeñas nuevas que están preparadas para arriesgar su capital y si les gusta un libro, lo publican,” Anacristina Rossi me dijo. “Por eso hay muchos escritores nuevos que publican. Y porque incluso los editoriales grandes no van a llevar a su libro afuera de Costa Rica, es igual si publica usted con una editorial pequeña o con una editorial grande – no va a llegar a ser famosa en ninguno de los casos.  Pero, por lo menos los costaricenses, los que leen, leerán sus libros.” ¿De dónde obtienen dinero éstas compañías pequeñas para publicar? “Usan capital familiar,” dijo ella. “A veces los escritores ayudan y proveen la mitad. A veces los editores recogen de sus amigos para pagar por el libro. Y a veces se endeudan y esperan que venderán el libro. Porque publicar, en el caso de mil copias ­– no es muy caro.”

Marta Barboza Valverde

Hablé con una escritora de San Isidro, Marta Barboza Valverde, que pagó por la impresión de su historia del papel de su abuela como una pionera. Tras siete años escribiendo, el libro – Dorotea – es un producto de entrevistas, memorias, y su íntimo conocimiento propio del paisaje de esta mujer fuerte que usó caballos para llevar cartas, fósforos, café, y otras mercancías de un lado a otro de las montañas – desde y hasta este valle que estaba aislado del mundo. Ella publicó el libro bajo la impresión de la Asociación de Escritores y Editores de Pérez Zeledón, el cantón donde está San Isidro. Una maestra pensionada, Barboza Valverde había escrito un libro para niños sobre el milagro de la lectura – Iniquilinos de Papel – y publicó eso a través de  la Asociación también. Me dijo que no recibió ayuda del Ministerio de Educación para promover ninguno de los dos libros, aunque la Municipalidad de San Isidro compró cien copias de Dorotea.

Barboza Valverde me invitó a unirme a las sesiones de la Asociación, y allí hallé evidencia de la determinación de los escritores para perdurar en circunstancias difíciles. Nueve o diez personas se sentaban alrededor de una mesa larga en la oficina estrecha en la planta baja de la biblioteca municipal. Un estante en una de las paredes exponía libros de los miembros, así como varias ediciones de un panfleto en que la asociación publica poemas y escritos cortos de los escritores quienes se reúnen semanalmente para compartir sus obras.

Después de cada lectura, los escritores ofrecían sugerencias – meditabundamente leyendo las líneas de sus colegas en voz alta con sus propias inflexiones y ritmos. Algunas veces su atención vagaba, las conversaciones se agitaban, pero finalmente la atención regresaba a la obra que estaba siendo considerada. Hacía calor aunque era de noche, por eso la puerta a la calle estaba abierta y el ruido de los camiones y cláxones del trafico afuera a veces casi ahogaban las líneas – “Me abandono el tiempo,/ un rio manso e inexorable” – el principio de un poema de Ilieth Barboza Gamboa, que escribió  del mundo tal y como es visto por alguien tuerto. Termina con una pregunta que motiva la obra de muchos escritores: “Pregunto si el tiempo/es igual cuando se vive/en la oscuridad.” – Carol Polsgrove, April 2011. En esta traducción ha colaborado Paloma Fernández Sánchez. To read this article in English, see “What’s it like to write books in a country where people don’t read?”

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